viernes, 30 de septiembre de 2016

Edvard Grieg es, sin duda, una de las 'rarezas ' del Romanticismo europeo. En un escenario dividido entre los centroeuropeos, iniciadores del movimiento, y los rusos, reaccionarios hartos de la predominancia 'occidental' en la música, aparece un compositor noruego, empeñado en trabajar en la zona escandinava,

Si bien hoy es conocido principalmente por los fragmentos de su suite 'Peer Gynt' ('La mañana' y 'En la cueva del rey de la montaña'), hasta el punto de que forman parte de la cultura popular, en su época Grieg fue bastante reconocido, hasta el punto de convertirse en una celebridad allí donde hacía gira. Su imprompta en la historia de la música es innegable, hasta el punto que incluso Rachmaninoff, a dos aguas entre Romanticismo y Modernismo, coge elementos de él.

Precisamente nos ocupa una obra en la que se reconocen muchos rasgos que luego tomará el ruso: el único concierto para piano de Edvard Grieg es una obra para orquesta y solista compuesta por encargo en 1868, cuando el música contaba sólo veinticinco años.

Antes de pasar al análisis de la propia obra, nótese que a pesar de que la obra sigue estrechamente el esquema y estilo romántico, ofrece algunos efectos que no eran comunes para la época.

Primer movimiento: Un redoble de timbal da paso a la emotiva introducción del piano, muy romántica. Justo a continuación entra la banda, con unos compases que anticipan el primer tema, el principal de este movimiento, lo que a continuación repetirá el piano. Este es un tema curiosamente eslavo, con una sonoridad muy rusa, y muy elegante a pesar de ser comedido (luego se le dará más fiereza.)

Entra la primera cadencia del piano, escrita sobre las notas de este tema, jugetona y brillante. La orquesta la resalta. Una escala da paso a un segundo tema, en el que ya se nota algunos rasgos que heredará Rach. Esta melodía, muy preciosa e íntima, es de nuevo enunciada por la orquesta y repetida por el piano. La repetición es un recurso que Grieg utiliza constantemente en este concierto, si bien consigue que no suene ordinario, sino que potencie el efecto con cada cita a los temas.

Se inicia apenas a los cuatro minutos del movimiento una cadencia muy impresionante y apasionada de todos los instrumentos, que seguirá con la reexposición del primer tema (¿repetición?). La flauta y la trompa primeras (junto a todas las demás luego), hacen avanzar esta cita junto al piano. Aquí como se ha dicho, se potencia el efecto que dejara la primera enunciación de este tema. Se sigue la reexpoisición con pequeñas variaciones sobre los temas ya conocidos.

En cuanto el piano termina la enunciación, la orquesta entra con un eco dramático a esta ...y entonces, curiosamente, entra una profunda e imponente cadencia del piano. La melodía desciende hasta una nota desde la que el pianista asciende por el teclado enunciado la parte introductoria al primer tema, de forma potente, arcaica incluso. A nivel técnico no es probablemente muy exigente; a nivel expresivo, demanda mucha precisión, lo que le da el valor virtuosístico.

Esta cadencia acaba en un pasaje con varios trinos. Entra la orquesta, intrigantemente. Atención, esto proviene todo del mismo tema. Se inicia en esta la cadencia final del movimiento, que el piano corta repetiendo la introducción de forma potente y conclusiva.

Segundo movimiento: Un dulce y gentil tañido de los violines dan paso a un movimiento puramente romántico, en el más afectado y delicado de los sentidos.

El segundo movimiento tal vez palidezca en comparación con los externos; sin embargo, es un paso necesario que Grieg resuelve con una música muy profunda, tanto que no resulta llamativo si no es cuidadosamente escuchada.
...un tema reminiscente de los corales eclesiásticos inicia este movimiento. Una resolución igualmente religiosa se pierde en la inmediata entrada de los vientos-metal, sobre el minuto 16, en una descendencia que parece romper esa paz, aunque Grieg lo disimula realmente bien con un sonido suave. Entra el piano.

Un tema que recuerda a las Variaciones sobre un tema de Paganini (aunque irónicamente las predate), suena limpio y elegante en las teclas. Que prontamente asciende de forma emotiva...y se relaja para dar paso a la orquesta 'cristiana'. Nótese que orquesta y piano hablan consecutivamente, siempre subordinándose cuando habla el otro. Se repite esto, pero ahora toma más fuerza la orquesta, y el piano puede coger arpegios desde sus sonidos más profundos. Este es un fragmento que requiere un sonido muy preciso para crear la tensión que, consecutivamente, rompen orquesta y piano con una nota: un sol sostenido.

Empieza el fragmento que ha de lucir a este movimiento; una música muy segura, afectada pero con algo de primitivo y que recuerda a los húmedos paisajes noruegos más que a la rusia que evocaba el primer movimiento. Este fragmento termina de forma muy dulce, una cadencia en la que se puede ver un preludio a las bandas sonoras de cine. Pero esto es romanticismo: entra inesperadamente un fragmento de lo que se enunciaba al principio del movimiento, (alrededor del minuto 20:30), una especie de 'colina' del sonido que busca, aparentemente, romper las expectativas de una resulción sencilla como parecía anticiparse.

Y sin darnos cuenta, termina con un lento arpegio del piano el segundo movimiento.

Tercer movimiento: El más dinámico y reconocible de los movimientos. Un inicio 'falso' (por ser más débil que lo que sigue) en la orquesta, prepara la irrupción del piano, imponente y feroz, que empieza a dictar el primer tema. Este se repetirá varias veces.

Un tema de marcha, algo oriental (aunque definitivamente alude a la patria del autor), se desarrolla sin descanso entre solista y tutti (orquesta). El piano lleva siempre la voz cantante: marca cuándo acaba este tema, cuando descansa, y cuando empieza una escala ascendente hasta el estallido de sonido que, por supuesto, interrumpe el piano para su cadencia. El piano canta con un ligero apoyo de la orquesta; esta es una de las partes más virtuosísticas del movimiento. 

El primer tema se cierra impetuosamente...y de repente, una flauta nos recita, de forma muy poética el segundo tema, el tema principal de este movimiento. Se puede considerar que el tercer movimiento sigue una especie de forma sonata o scherzo libres, haciendo referencias constantes a dos temas pero sin seguir un esquema rígido. En cuanto a la música de este bello segundo tema, la orquesta lo aprovecha para darle forma, y para que el piano lo tome también. Es la melodía más noruega del concierto, algo que difícilmente se escucharía si fuera otra mano la escribiente. Es la más dulce, también.

Orquesta y piano juegan con el segundo tema durante unos instantes relajados; de esa forma, este tema termina, como el anterior, conclusiva y suavemente. Los timbales ayudan a que vuelva a entrar, en el piano, el primer tema, con poca diferencia respecto a la primera enunciación. Ello no significa que se ejecute con menos fiereza, no obstante. Esta vez se destaca más la 'segunda parte' del tema. Un ascensión en forma de arpegios, muy del estilo que luego adoptaría Rachmaninoff, llega al punto agudo de la melodía, desde donde subirá un poco más para enunciar dramáticamente el tema. Sin embargo, el piano desciende...

...y un acorde, súbito y poderoso de la orquesta, da pie a la última cadencia del piano (minuto 30), jugetona y alegre, a la par que endiabla, que le permite ejecutar una vez más este primer tema, ahora en forma de juego, jugando con cadencias típicamente románticas, síncopas rusas, y una bajada all estilo de un arpa en el solista que lleva a, otra vez, el segundo tema.

¿Se echaba de menos, verdad? Vuelve a sonar el segundo tema, de forma impresionante, tremenda, efectista, emotiva, que ha de dejar en el recuerdo este concierto. El piano no se queda atrás sin embargo. Entra de forma pesada e imponente el tema para terminar en unos fuertes e impresionantes tres acordes que finalizan grandiosamente este único concierto para piano de Grieg.



A rasgos generales, si bien el Concierto de Grieg resulta bastante emotivo y, en definitiva, agradable de escuchar (no es una de las obras más conocidas de su autor en vano), es en el análisis profundo cuando se descubre su verdadero potencial. No es una obra fácil de entender a primera vista, lo que tal vez explique que no resulte muy llamativo en una primera escucha, pareciendo el típico concierto romántico (no muy difícil para el solista, además). Sin embargo, en el fondo de este se encuentran enterradas decisiones estilísticas y recursos que lo hacen desmarcarse de la obra que hiciera cualquiera. Por ello Grieg ha pasado a la historia de la música.

Precismente, ese es el motivo por el que he escogido la interpretación que tienen más arriba. No sólo se vislumbra el gran entendimiento del solista y orquesta de la obra, sino que supone un esfuerzo para el pianista, Arthur Rubinstein (uno de los más reconocidos solistas del s. XX), tocar tan precisamente y con tanta fuerza; aunque tal vez estar tan familiarizado con la obra fue lo que le llevó a elegirla para interpretarla en su noventa cumpleaños, interpretación que es la que adjunto.

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