lunes, 2 de noviembre de 2015

El tiempo en la música transcurre de una forma devoradora. La tecnología facilita hoy en día mucho las cosas. Es fácil y barato conseguir un instrumento, buscar profesores o información para aprender, contactar con otros músicos para tocar juntos (a pesar de lo arduo y complicado que a veces parece), grabar algo que mostrar y cubrir la mayoría de las necesidades que un músico requiere.
creatividad
"Creatividad". / Flickr

Esto, que a priori es una ventaja y realmente lo es, provoca otras consecuencias.

Sobredosis, de todo. Sin embargo, las facilidades que hay para poder "estar en el mercado" chocan con lo vasto del mercado. Las bandas nuevas en cada género se multiplican al igual que los subgéneros y derivaciones de cada estilo, aunque, y esta es la parte negativa, el pertenecer a un sector de mercado y las influencias provoca que casi todos los grupos nuevos que ya han tenido un arranque ofrezcan sucedáneos constantemente. Hay una cantidad enorme de grupos que ofrecen lo mismo. Son marcas blancas del primero que colonizó y su propuesta se basa en ofrecer un déjà vu sonoro. Y esta situación me plantea una pregunta: ¿Por qué he de buscar unas zapatillas nuevas en un canasto en el que todas son iguales si ya tengo unas que me satisfacen?

Como consumidor interesado en la vanguardia y en experiencias nuevas a las que ofrecer una parcela en la guantera de mi coche, me he encontrado varias veces en conciertos con varios grupos en cartel, en los cuales al ver solo los logos he podido predecir con cierta facilidad con qué me iba a encontrar. Algo parecido ocurre al escuchar las bandas que uno no conoce cuando navega por internet, o echa un ojo a las bandas del cartel del pequeño y mediano festival. La mayor parte de los casos es decepcionante y acaba con las esperanzas de poder catar un nuevo menú.

Puedo generalizar porque, aunque afortunadamente hay excepciones, una gran mayoría entra en esos límites. Entonces, ¿cuánto importa la creatividad y la originalidad en la música? Quizá por el planteamiento pueda parecer que la respuesta esté clara pero nada más lejos. Los números indican que los consumidores quieren más de lo mismo. De hecho, los conciertos con más audiencias son de propuestas que van a lo seguro, que satisfacen la zona de confort de nuestros oídos. En estos casos no se presenta un ápice de novedad ni de búsqueda por parte ni de los que están arriba ni abajo del escenario. Aún así, el primero que aterrizó es el que ha marcado el camino a todos los demás y el mérito de haber materializado algo hurgando en la abstracción.

La carencia existente es la falta de valoración de la creatividad, y no debería ser así. El éxito está en enfrentarse a la hoja en blanco sin calcar, aunque implique tirar unas cuantas a la papelera.

Las circunstancias que han derivado en la sobredosis de música han dejado obsoleto esos modelos en los que las estéticas, los billetes y los destrozos en hoteles eran algo posible. Ahora la música tiene más de arte que de lucro y, en consecuencia, los objetivos factibles tienen más que ver con el llegar a ser que con el llegar a ganar. Es el momento de experimentar, autorrealizarse, diferenciarse e importar a la gente (independientemente de su número). Y factor común de todos esos objetivos es crear e innovar, invertir en las emociones y no en los números. De esa manera se abrirán las puertas, y por suerte hay unos cuantos, tanto músicos como consumidores, que queremos entrar.

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